Hace un par de semanas mi amiga Elena nos invitó a conocer la casa que se había comprado en una zona rural. Ella y su marido siempre han sido de esas personas a las que les encanta el campo y estar en contacto con la naturaleza por lo que decidieron buscar un lugar alejado de la ciudad para perderse en su tiempo libre.
La casa era preciosa, muy antigua, pero preciosa. La verdad es que van a tener que invertir mucho tiempo y dinero para acondicionarla pero creo que tanto esfuerzo merecerá la pena. El enclave era inmejorable, arropada por árboles y un pequeño río que pasa a escasos metros. Un pequeño paraíso, como dicen ellos.

En la parte trasera tenía un huerto, del que se va a encargar un señor del pueblo ¡Qué suerte poder disfrutar de verduras y hortalizas de tu propio huerto! Al menos, yo también podré tener ese pequeño lujo. Se ha comprometido a regalarme parte de la cosecha a cambio de mi famoso pastel de chocolate y, por supuesto, he aceptado encantada.

Después de visitar la casa estuvimos recorriendo el pueblo que está a pocos kilómetros y haciendo senderismo. Cuando cayó la tarde volvimos a la casa a cenar; verdurita y fruta fresca, como no podía ser de otra manera. Cuando empezamos a recoger la cena fui a echar los restos a la basura pero Elena me dijo que la piel de la fruta la echara en el compostador.

- ¿En el qué? - Dije yo.

- Sí, en esa especie de contenedor que está junto al huerto.

Nos contó que ahí se echaban los restos de comida, es decir, la basura orgánica para su reciclaje, salvo las sobras de la carne y del pescado. Nos estuvo explicando que tiene una apertura para removerla periódicamente y que de ahí se saca el mantillo. Me pareció una idea fascinante, crear tu propio abono con el que cultivar tu huerto, además me llamó la atención su olor, pese a lo que podría parecer, no olía nada mal.

Pero fue otro olor el que me dejó encandilada. No sabría decir si era el de una especie concreta o la mezcla de varias. Tras girar sobre mí misma en busca del origen de tan agradable sensación, descubrí que el olor venía de un pequeño invernadero en la linde interior de la parcela. El invernadero, algo descuidado, estaba rodeado de algunos arbustos (creí reconocer a media luz, mimosas y hortensias), y algunos árboles frutales (si no me equivoco, manzanos, ciruelos y alguno más).
Elena notó que había descubierto su secreto mejor guardado: el invernadero de brezo.
- Veo que has descubierto mi gran idea-, me dijo Elena con tono misterioso.  - Se me ocurrió que con todo el mantillo que generaba a lo largo del año podía plantar brezo para crear pequeños jardines en la finca y abastecer a los vecinos de la comarca. Así, podría sufragar algunos de los gastos que tiene la reconstrucción de la casa. ¿No te parece buena idea? El brezo crece muy fácil en esta zona y tenemos unas especies preciosas, algunas típicas de la zona, otros no tanto. Estamos arreglando el invernadero, nos queda un poco, como ves, pero pronto estará acabado. Durante el verano algunos chicos de la aldea nos ayudarán a ponerlo en orden.

Me sorprendió también que la casa fuese toda de madera en su interior…
Durante el desayuno, que parecia un festín (yogures, mermeladas y panes caseros, zumos naturales, frutas de la huerta…), Elena me comentó que la madera era un aislante tanto para el calor como para el frío, y que así, ¡fuera el aire acondcionado!, y que el calor se quedaba en casa durante los fríos inviernos.
Pasamos el día subiendo el río hasta su origen. Cerca de su nacimiento hicimos un pic-nic alucinante. También nos enseñó a recoger unas hierbas arómaticas y medicinales “de la abuela�, pero que te permiten preparar esencias naturales.
Después de andar, vimos el tejado de la casa. Cual fue también mi sorpresa, caundo me di cuenta de que estaba cubierto por paneles. Solares claro.
Elena no se habia olvidado nada, y su casa era totalmente auto suficiente.

Todo ello nos hacía sentirnos cargados de nuevas energías, nuevas maneras de cuidar el entorno, sin olvidar las frutas y hortalizas que tenian sabores inolvidables. Por fin las manzanas eran gustosas y las patatas olian a patata. Cosas que uno olvida cuando se aleja demasiado de la naturaleza.
La armonía que desprende la casa se funde con el entorno. Observé que los materiales empleados por Elena y su marido en la construcción de la vivienda, eran saludables y de bajo impacto ambiental. Han creado con gran esfuerzo y con muy pocos recursos, un lugar de descanso y reposo para los que como nosotras queremos olvidarnos por un tiempo del ordenador, del teléfono, de la agenda y de otros modernos trabajos.
De camino para el pueblo fuimos comentando nuestra admiración hacia estos amigos que estaban dispuestos a implicarse en el reto de preservación del patrimonio natural que constituyen el medio ambiente y el paisaje.
Regresamos con la sensación, de haber disfrutado poco de un escenario de tanta belleza.

Estaba tan cansada cuando llegué a casa que sólo me apetecía irme a dormir pero por no faltar a mi costumbre hice una parada en la cocina para tomarme un vaso de leche. Al abrir la nevera me di cuenta del montón de productos que Elena y yo compartíamos, aunque, claro está, los de ella eran más naturales. Sin embargo, en la nevera de Elena todavía había productos comprados que podría conseguir de forma autónoma.
Cuando Elena me enseñó la finca descubrí que había una construcción casi en ruinas que se divisaba a lo lejos entre el huerto que cuidaría su vecino y el recinto en el que Elena había creado su invernadero. Ella me comentó que no había encontrado indicios sobre qué podía haber sido en el pasado y que, por tanto, no tenía muy claro qué hacer con él.
Al día siguiente llamé a Elena y le propuse convertir aquella construcción en un establo al que anexar un gallinero. A Ella le encantó la idea aunque después me comentó que por el momento la prioridad era arreglar la casa. Sin embargo logré convencerla para que me permitiese ayudarla en la labor de crear también una vivienda para los animales. Nuestras respectivas casas están bastante alejadas pero el transporte público las conecta en tan solo un cuarto de hora y yo podría ir los fines de semana a ayudarla.
Los animales se alimentarían de la hierba que Elena podría segar en su finca y producirían a la vez abono para el huerto y los frutales de Elena. Además, con el tiempo podría incluso vender huevos y leche, de hecho, yo sería su primera y más fiel clienta.

Es más comentaría con mis amigos la posibilidad de crear un grupo de consumo sostenible que por una parte posibilitara a Elena compatibilizar el arreglo prioritario de su casa con la inversión necesaria precisa para construir el establo y el gallinero. Por otra parte nosotros podríamos, por fin, lograr consumir alimentos sin tantos envases y así reducir nuestra generación de residuos.

Mientras desayunada oía los gorriones peleándose por las migas de pan que algún vecino les dejaba a diario en el patio y se me ocurrió otra idea.
Los límites de las parcelas del huerto y de los jardines de Elena se podían marcar perfectamente con muros de piedra seca, un tipo de construcción milenario y que favorece a algunas especies de animales y de plantas, además de perfilar un paisaje en mosaico muy agradable a la vista.
Quizá tambien sería buena idea levantar un pequeño muro cerca del huerto o anexo al gallinero. Allí se podrían instalar cajas-nido para pequeñas aves insectívoras que ayudarían a evitar plagas en los alrededores de una forma natural. De la misma manera, no estaría de más facilitar algún refugio para los murciélagos con el mismo pretexto, aunque a mi me parecía que la sola presencia de estos pequeños seres ya era todo un lujo.
Los gritos de los gorriones me fueron animando y trayendo nuevas ideas. ¿Por qué no instalar también alguna caja-nido más grande que fuera capaz de albergar una familia de lechuzas, de mochuelos o de cernícalos? Así conseguiríamos un equipo de desratización muy eficaz, a la vez que conseguiríamos aumentar la diversidad faunística de la zona atrayendo a estas especies protegidas y tan atractivas.
No podía dejar de soñar y de tener nuevas ideas mientras respiraba el aroma del café y mi vista se perdia a través de la ventana, imaginando lo mucho que se puede hacer con un poco de voluntad. Realmente se puede actuar localmente. ¡Hay que convencerse de ello!

Quedé impregnada de esa armonía y hasta mis sueños eran de colores más vivos, de un verde intenso y un azul limpio.
La mañana siguiente me levanté de buen humor. Al entrar a la cocina un agradable aroma a campo me envolvió. La fuente de ese perfume natural eran las manzanas que Elena me había dado. !Qué lástima que la gente de la ciudad no lo apreciara! Pensé en mis alumnos; niños de cuatro a cinco años. Muchos de ellos no habían visto un manzano. Y me llevó unas cuantas a clase. Aquel día compartiría ese pedazo de naturaleza con ellos. Algunos, para su asombro, ni siquiera comían fruta. Otros sí pero no tan buena.
Lo tuvo claro. Para que los niños aprendieran a respetar la naturaleza antes debían conocerla. Ver su belleza, oír el gorjeo de los pájaros y probar lo bueno que les ofrece. Amarla es la mejor manera de respetarla. Así comencé los preparativos para llevarles de excursión al paraíso de Elena.

Me sentía entusiasmada. Siempre me han llamado la atención esas cajas con verduras y frutas ecológicas que venden por internet, pero que nunca te atreves a comprar. La posibilidad de tener todo eso tan cerca hacía que no dejara de pensar en ello y en el sabor que tendrían mis comidas con todos esos productos tan, tan sabrosos. Y…. pensando….pensando ¡Ay! ¡¡Ahora caigo!!! ¿Cómo dos personas solas van a poder hacer esto? Casi me siento culpable por haberme precipitado tanto debido a mi entusiasmo. Mmmmm… ¡¡¡¡Ya se!!!! Lo que voy a hacer es intentar buscar subvenciones y ayudas, que estoy segura tienen que existir, para realizar proyectos así. Eso!!!

No dejaba de pensar en como podía poner mi granito de arena en mi vida diaria para llevar una vida más sostenible, más respetuosa… En resumen, mejor.
Seguía pensando por un lado, en la posibilidad de trabajar con Elena en éste proyecto, desde luego no iba a perder ninguna opción que estuviera en mi mano, sin perder de vista todas las subvenciones y ayudas que podía recibir (desde luego, con ganas y empeño, todo es posible). Decidí ponerme en contacto con Elena, para comentarle lo entusiasmada que estaba, y que si le parecía bien concretar un día para que mis alumnos y yo visitáramos su casa. Sería muy bueno que Elena compartiera con ellos su forma de vida, sus prioridades, ¡incluso podría darles una charla!… Está claro que los valores que se nos inculcan en nuestra sociedad, no nos ha hecho llegar con muy buen pie donde estamos. No tenemos en cuenta cuánto le ha costado a la naturaleza poder fabricar un producto determinado, de donde proviene lo que estamos comprando, si estamos haciendo especialmente daño a una especie animal concreta, si los alimentos provienen de un mercado sostenible… Nada de esto forma parte de nuestra vida diaria. Por ello, quisiera contribuir a que mis alumnos pudieran entender que otra vida y otra realidad son posibles, y que todo el mundo, con su granito de arena, puede ayudar a construir un mundo mejor, respetando todo lo que la naturaleza nos ha ofrecido.

Por la tarde, al acabar de trabajar, me pasé un largo rato buscando en internet información sobre ayudas para este tipo de cosas, cuentos, juegos … en fin, preparando esa visita a casa de Elena. No debía ir con las manos vacías. Mis alumnos son pequeños seres encantadores y divertidos, preparados para absorber como esponjas todo lo que les podamos aportar. Pienso en ellos en medio de todo aquel mundo de Elena e imagino sus alegres sonrisas y unos ojos como platos.
Ya tenía bastante información y decidí llamarla. No podía aguantar más.
Riiiiing, Riiiiiiing :
- ¿Elena?
- ¡Dime Paula! Qué tal estás?
- Bien y mal
- ¿Y eso?
- Pues que el otro día me cegó mi entusiasmo y me siento un poquito culpable por si te he presionado a aceptar mis propuestas. Al fin y al cabo el “paraiso� es vuestro, tuyo y de Antonio y no quisiera…
- ¡Calla, Calla! Sinceramente, ¡eres el apoyo que nos faltaba!
- ¿De verdad? ¡Pues ni te imaginas lo que tengo que contarte!…
Y así continuamos conversando. Le conté todo lo que tenía en mente y…¡ahora si! estoy contentísima de ver que Elena y Antonio aceptan mis sugerencias.
Colgué el teléfono y antes de cenar me cogí la bolsa de basura para llevarla al contenedor y ¡caramba!no pude. Los contenedores de reciclaje están a dos calles de mi casa y normalmente lo tiro todo en la misma bolsa y lo bajo al portal de mi casa donde hay un par de contenedores normales. De repente me sentía fatal haciendo esto. Cogí los envases que pude y los puse en otra bolsa y dando un paseo me fuí hasta los contenedores de reciclaje a tirarlos. Cuando volví a casa me sentía mucho mejor. Mientras hacía la cena ya estaba pensando en el sitio para poner esos cubos de basura de colores, que encima son bien bonitos. Creo que entre el paseo y el reciclaje la cena me sentó mejor.
Ha pasado un mes desde mi visita a casa de Elena.

A los chicos les entusiasmó la idea, y no sólo por lo que suponía no tener clase. Estuvimos planeando la visita varias semanas, hablando de arboles, agricultura, animales de granja… repartimos trabajos, cada uno tenía que hacer un monografico sobre un producto… Unos lo hicieron sobre el ciclo biologico de los tomates, pero tambien aprendimos cómo y cuándo platar calabacines, zanahorias, lechugas, guisantes, habas, judias, varios tipos de coles, cebollas,ajos…y alguno nos dijo cómo cuidar cerdos y gallinas… Cuando estuvimos preparados y mi amiga nos dio permiso nos preparamos para ir a pasar el dia a su casa… Los niños fueron un torbellino de ideas, me di cuenta que la tele les había abierto muchos horizontes, aparecieron ideas de cómo aprovechar el agua de lluvia, construyendo aljibes que llevarían un sistema de tuberias hacia el huerto o hacia el invernadero. El niño que propuso la idea, comentó que en la aldea de sus abuelos alrededor de los aljibes había muchos animales, ranas, pájaros y que habían echado peces y plantas para mantener el agua limpia…
La experiencia fue muy enriquecedora para todos, pero tambien me hizo comprender que me había dejado llevar por el entusiasmo, el entusiasmo de los chicos me hizo pensar que después de una semana de duro trabajo, posiblemente, ni mi amiga, ni yo estaríamos dispuestas a trabajar a la intemperie con frio, nieve o lluvia. Tendríamos, sobre todo ella, que planteárnoslo como un entretenimiento para que diera resultado. Cuántas veces las tareas faraónicas quedaban a medias por el aburrimiento al no verlas evolucionar con la celeridad esperada. Al volver a casa hice un plan de reconstrucción, cuidado y mantenimiento. Era una tarea grande, sobre todo porque se iba a llevar a cabo en ratos libres, cuando lo tuve hecho llamé a mi amiga y se lo comenté. Estuvimos más de una hora al telefono… Al fin de semana siguiente, nos pusimos las dos manos a la obra para terminar lo antes posible el invernadero, era mejor ir paso a paso afianzando y terminando las labores una a una, así conseguiríamos poner al dia aquel paraiso… Sería nuestro granito de arena para ayudar a nuestro entorno.

Dicen que la energía positiva se contagia y cómo no iba a ser con la vitalidad de los niños. Fueron ellos los que me propusieron:

-…y ¿por qué no podemos tener nosotros un huerto en el patio?

¡Fantástica idea! Les propuse que dibujaran cómo sería el patio con el huerto. Luego eligieron los que más gustaron. Acompañé a los delegados a dirección para formalizar su petición, que sin ninguna duda, no iba a caer en saco roto.

Llegué a casa destrozada. Había sido un día muy intenso. Dejé todos los papeles encima de la mesa y me senté en el sofá…

Soy un pobre gusano que gusta de alimentarse del huerto de Elena, soy algo malicioso, pero lo tengo en los genes: me encantan sus mejores lechugas y berzas. Y como el huerto es un huerto ecológico, me siento seguro en mi intento.

Elena estaba esta tarde mirando el esplendido sol del atardecer, cuando los pájaros se recogen y brota, de pronto, el silencio.

Ahí, en ese estado de meditación, reparó en aquella abubilla que había puesto su nido en el álamo que crece al lado de la charca de ranas y tuvo una feliz idea… su pensamiento voló al pájaro, el pájaro miró al suelo, yo me observé mirado… y escarbé en la tierra huyendo.

El vuelo rasante de la abubilla fue un fracaso, y volvió a su nido a recogerse en ese atardecer de fuego.

Pero mi huída al fondo de la tierra topó con un topo malicioso que entre bocanadas de tierra encontró un pastel suculento.

Hoy cuento mi historia como Jonás, en el fondo del vientre de un topo viajero que ha disipado la tierna tierra del huerto de Elena.

Me desperté sobresaltada. Creo que todo este asunto había conseguido convertirse en una obsesión.
- Debo tomarme las cosas con más calma, pensé para mis adentros.

Despertando de ese sueño turbador, retomé la idea del huerto y nos pusimos manos a la obra, preparando la tierra con abono, recogiendo semillas, preparando un riego automático de agua gota a gota, y en poco tiempo unas magníficas ensaladas aparecieron en nuestras mesas.

Para celebrar la buena marcha de nuestra iniciativa organizamos una comida en casa de Elena e invitamos a varios amigos que querían conocer la casa. Elena invitó a una de las mujeres del pueblo, Lourdes, que tiene un restaurante, quien vino encantada con su marido Paco y sus dos hijos.
Mientras estaba en la cocina organizando todo con Elena, me pareció ver algo extraño.
-¿Seguiré soñando?- Pensé.
-¿No se asoman a la ventana dos enanos regordetes? ¿no miran con embeleso esa combinación de buen aceite, lechuga, escarola, tomate de huerta, y algo de cebolla? ¿No se relamen con fruición? ¿No golpean las ventanas con los nudillos? ¿No me llaman por mi nombre?
¡Oh… Elena!, qué torpe soy que me olvidé de abrir la puerta a los hijos de Paco a los que invitamos a pasar esta tarde de campo.
-Ea, muchachotes, la mesa la ha preparado Lourdes, pero ¡¡¡qué manos!!! ¿no habréis hurgado por la tierra de la huerta? ¿pero qué hacéis con ese topo en vuestras manos? Anda, dejadlo en el campo que es su tierra, y pasad, limpiaros las manos en la fuente, y a degustar los platos preparados.
Sentaos, en silencio, bendecid la mesa y poneros a la tarea.
-Gracias-, dijeron Juan y Alberto, mientras todos agradecíamos a Elena que nos hubiese dejado entrar en su casa.

El entusiamo fue generalizado y contagioso.
El hecho de haber cosechado nuestra propia comida y de haberlo hecho de un modo sano y respetuoso con el medio, reduciendo drásticamente la huella de carbono de los alimentos y creando un microecosistema propio en el huerto del patio, resultaba estimulante y esperanzador.
El siguiente reto consistía en mantener la huerta en producción durante todo el año, sembrando aquellos vegetales acordes con cada estación y enriqueciendo la tierra orgánicamente.
Pero todo este proyecto no podía quedarse entre los 4 muros del patio, había que darlo a conocer y demostrar a la comunidad de que era posible. Ya estábamos pensando cómo iniciar nuestra pequeña campaña de concienciación…

Lourdes llamó la atención a los niños, que se reían de las rudas costumbres del señor Moreno, el hombre que ayuda a Elena a mantener la finca. Éste tranquilizó a Lourdes y estuvo explicando a los niños que el medio ambiente es algo importante, y que su cuidado hace feliz al hombre.
En la sobremesa comentó Moreno que si no hacemos feliz a la humanidad, a cada ser humano concreto, hemos fracasado en la educación ambiental: no podemos generar seres amargados salvando al planeta, sino hombres y mujeres felices trabajando en armonía en la tierra en que vivimos.
El sol ya se ocultaba por las montañas nevadas, el reflejo rosado hacía acercarse tamañas moles. La esbeltez de la roca y el silencio de la tarde llamaban al silencio y a la oración, para aquellos que rezan. ¡¡Qué maravilla!!
Eso es la suerte de vivir en el campo, donde el ruido del tráfico no llega, donde los móviles no tienen cobertura, donde los gritos de la movida nocturna no contaminan la paz.

Va siendo hora de recogernos y comenzar otro día lleno de vida e ilusión ¿no es así?

A la maña siguiente, buscando información en internet sobre cómo crear un blog, para difundir nuestro proyecto, encontré entre otras muchas cosas, cómo realizar un horno solar, ¡sería perfecto! Poder cultivar nuestros alimentos, y además, cocinarlos con energía sin ningún tipo de residuo, y, también encontré la forma de realizar en este sencillo horno unas apetitosas y riquísimas recetas culinarias.
Voy a buscar las cajas de cartón, el periódico, y una hoja de vidrio transparente para elaborarlo hoy con los peques, les ayudaré a construirlo, y cuando lo tengamos terminado podrán cocinar sin riesgo a quemarse, además de utilizar como energía, ¡sólo la del sol!

Pensé igualmente que lo mejor era dar unas charlas en cole y en el instituto, así de pequeños se van concienciando, y luego proponer una visita guiada.

Y en aquel momento recordé como esta loable experiencia ecológica, debía, en cierta manera, darse a conocer como lo mandan los cánones, que permitirán a muchos de nuestros congéneres, alimentarse y erradicar la hambruna que nos cubre con su sombra.
Sinceramente creo que la lucha ecológica puede empezar en la huerta y terminar en la forma en cómo nos trasladamos a nuestro lugar de trabajo para despertar la conciencia de un consumo responsable ecológico.

Miremos al arroyo que riega nuestra finca, su curso es claro, limpio, alegre, cantarino. Viene de las altas montañas, de nieve recién escurrida, su fluir pasa de nuestros altozanos al valle, de ahí sigue bajando juntando su curso con otras aguas, pasa por la ciudad y ahí, ¡¡¡qué pena!!! cambia su color y transparencia por el marrón parduzco.
Nuestras truchas, que bajaban retozonas, dejan a los barbos el tramo bajo. Ahí ¡¡¡no hay lechugas tan lozanas!!! ahí, todo es prisa, no se paran a mirar el agua que ha desvirtuado su semblante.
Juan y Alberto son dos muchachos espabilados y sonrosados, algo juguetones y a los que hay que animar a fijar la atención en lo que hacen, pero ante la frase del señor Moreno se quedan meditando. ¿Concienciación? ¿Quién hay que no tenga conciencia? Si nuestra madre a cada momento en el que hacemos alguna de las nuestras nos pone delante a esa señora circunspecta.
Y si hiciésemos unas fotos de nuestro arroyo, del saltar de las truchas, del croar de las ranas, de los carrizos y los patos volanderos, del abrevar de las vacas, de la pesca de las zancudas en la charca… si hiciésemos un álbum espléndido de colores de vida y cielo, de verdores y claros de luna, de brillantes soles reflejados en la corriente sinuosa y como pasquines de alegría los sembrásemos en las farolas de la ciudad vecina?
Quizá viniesen todos a ver esta maravilla, comprobasen que es el mismo río que pasa por sus tierras y cambiasen el modo de mirarlo. Y un mirar amoroso les hiciese limpios, y las aguas transparentasen el puente de los leones, y los patos bajasen hacia el llano, y los niños, como nosotros, pudiesen ir a pasear por la orilla del cauce asombrados de una nueva vida floreciente.El señor Moreno sonrió, y pensó que la conciencia de Juan y de Alberto no estaría muy disgustada con esos rapaces.Al darse la vuelta llevaba en el trasero un muñeco de papel… pero esas son “cosas de niños�

-Va siendo hora de volver a casa. Gracias, Elena por tu acogida y tu paciencia, ya sabes cómo son los niños. Gracias Paula por ser comprensiva con mis chicos y gracias por traer al campo a ¡¡toda una escuela!!
Ea, Juan y Alberto no os hagáis los remolones y entrad en el coche de línea que volvemos a casa. Vale, llevad el herbario recién realizado y, también, en el tarro, los insectos para clasificarlos. El topillo dejadlo en el campo de al lado, que no atente contra el huerto de Elena.
Gracias, Elena, por tus hortalizas, magníficos cardos, tomates y acelgas. Ganas tenemos de volver el próximo puente a veros a todos y traer con nosotros al abuelo, experto granjero que, aunque jubilado, allá al lado del río, junto a la acequia, a las afueras de nuestra ciudad tiene un huerto pequeño.
Menudas tertulias se lleva nuestro viejo con sus vecinos, todos de edad talludita. ¡Qué envidia ese entretenimiento de azada y botijo, para luego llevar a tu casa algún complemento!
Le diré al maestro del pueblo que ponga en la Escuela un huerto como éste, aunque no tendrá tan graciosos vecinos como la nutria del río, los topos, el jabalí “enemigo� que hoza en la tapia buscando algún hueco para zamparse los frutos del huerto.

Los muchachos se marcharon y tras ellos yo. Creo que en mi caso, no tendría que esperar al siguiente puente para regresar a casa de Elena, ya que prácticamente se había convertido en mi casa. Lo que empezó siendo un fantástico fin de semana en la casa rural de una amiga se había convertido en un proyecto común con muchas perspectivas de futuro.
Estoy segura de que este proyecto seguirá creciendo mientras tengamos ganas, ideas e ilusión. Creo que esta semana tendremos nuevas noticias de todas las subvenciones y ayudas que hemos solicitado. Ya empiezo a verlo como algo muy real, aunque reconozco que me asusta.