Hace ya tiempo leí en una publicación digital que Anthoy Sinskey, profesor de biología del Massachusetts Institute of Technology, había sido capaz de aislar el gen de una bacteria llamada “Ralstonia Eutropha� para obtener un tipo de polyester natural. Al parecer, esto sólo fue el comienzo de sus investigaciones. Decidió implantar ese gen en otra bacteria propia del maíz, la “Eschericgia Coli�, con la intención de procesar estas semillas y obtener brotes. El resultado de esta técnica no se hizo esperar: Sinskey obtuvo un maíz del que se podrían elaborar plásticos biodegradables.

En la universidad nos han pedido que hagamos una reflexión en torno a esta noticia y, la verdad, es que lo primero que se me viene a la mente es cómo el hombre trata de descubrir nuevos materiales que superen y mejoren los actuales. ¿Quizá este avance acabará por hacer desaparecer el plástico contaminante?

La respuesta es un, ¿no nos conocemos? la naturaleza humana con su doble filo nos juega malas pasadas… El humano por un lado investiga y estudia continuamente nuevas posibilidades y nuevos materiales poliméricos menos contaminantes… pero, por otro lado, continua su vorágine destructiva, arrasando bosques y contaminando con sus fábricas, sólo nos queda esperar y decidir abrir los ojos globalmente para un mundo mejor y más limpio.
Si miramos a nuestro alrededor vemos el plástico por doquier. En las calles está presente en las bolsas de basura de los contenedores, en los mismos contenedores, en los bancos de los parques, en las salidas de humos de los edificios, en los parachoques de los coches… En casa, todavía, son más abundantes: tarjetas de crédito, juguetes, enchufes, móviles, pilas, botellas… Estamos constantemente rodeados por él y a veces no nos damos cuenta que llegará un momento en que el dejarlo abandonado a su suerte es echar a perder nuestro propio futuro. Por suerte la sociedad se conciencia cada vez más de este problema y mediante el reciclado de los plásticos contribuimos a que el daño sea menor… pero no es suficiente… y aquí es donde Sinskey entra en juego, solamente la idea de que los plásticos puedan degradarse sin dejar huella es un avance espectacular. En medicina las mallas que se usan en operaciones son biodegradables, ¡es el propio cuerpo quien las elimina!… sería genial que consiguiésemos extrapolar esto a la vida cotidiana, conseguiríamos un triunfo maravilloso para nosotros pero sobre todo para las generaciones futuras… ¡Un nuevo amanecer para el planeta!…
Mi primera observación es que la ciencia avanza muy deprisa, y aunque mucha gente piensa que este avance lo único que hace es destrozar el planeta, hay que pensar que muchos de los avances de la ciencia, al contrario de lo que piensan esas personas, lo que hacen es que mientras se mantiene el nivel de vida o incluso lo mejoramos, se avanzan en tecnologías que cada vez respetan más nuestro querido planeta, e incluso se proponen iniciativas que pueden llegar a mejorar su estado actual.
Seguidamente es importante destacar que este avance en concreto, era necesario, ya que no sólo los plásticos son elementos contaminantes, sino que su producción está basada en el petróleo, un bien escaso y que en no muchos años ha de acabarse.

Dicen que los antiguos eran capaces de extraer el petróleo de la tierra, un método muy diferente al que usamos nosotros ahora; dicen que el petróleo provenía de unos animales gigantescos llamados “dinosaurios�, que hace muchos millones de años poblaron el planeta madre. Mi profesor, el señor Argumosa, dice que no hay pruebas de que tal cosa haya sido cierta. ¿Quién sabe? Hace cientos de años que nadie va al planeta madre; la atmósfera es irrespirable, tan corrosiva que ningún material se le resiste, por lo que no se puede permanecer allí más de un par de horas antes de que los trajes aislantes empiecen a degradarse y los aparatos de observación dejen de funcionar. El petróleo que se pudo traer a Nueva Tierra es el único de que dispone la humanidad; el resto fue abandonado durante el Éxodo, junto con el arte, la historia y los recuerdos. Los recuerdos…
En las entidades de enseñanza hacen mucho hincapié en que no olvidemos los motivos que nos llevaron al Éxodo hacia Nueva Tierra. Desde pequeños nos enseñan el valor del reciclaje y de las energías renovables; sin embargo, la industria ha heredado todos los errores que convirtieron nuestro planeta madre en un lugar inhabitable. Ahí están ellos, fabricando plásticos no degradables mediante métodos contaminantes con el escaso petróleo que nos queda, como si no les importara que Nueva Tierra pudiera acabar como su predecesora. Y frente a ellos, los héroes de nuestro siglo, pioneros como Anthoy Sinskey, tratando de evitar que la historia se repita.
Me pregunto si somos las nuevas generaciones las encargadas de romper con los viejos hábitos, de proteger Nueva Tierra. Se nos ha dado una segunda oportunidad, y con ella una enorme responsabilidad; quizá lo único importante que tengamos que aprender sea, sencillamente, cómo estar a la altura de la misma.
Ahora bien, el esfuerzo de la ciencia y la tecnología por avanzar en pro del medio ambiente no debe descuidar la importancia de seguir desarrollando el arma más importante y económica para la conservación ambiental: la educación.
Es tan económica porque igual que todos somos alumnos/as de nuevas formas de implicación y mejora del medio ambiente y, más importante si cabe, porque todos y cada uno de nosotros somos potenciales educadores. Es una cadena de trasmisión de conocimientos y valores que combinada con el esfuerzo científico debería ser un recurso que no sólo fuese inagotable sino exponencial y extensible a toda la ciudadanía del extenso mundo comprimida en nuestro planeta.
Todas las ramas se hermanan con el medio ambiente porque algo tan intangible es de gran peso y calado para todas las facetas de la vida: la salud, la educación, la economía, la política…
Seamos educadores y, por supuesto, si es preciso reivindicar que así sea. Sólo que la crítica es de mayor eficacia si se sustenta en los cimientos del constructivismo -en detrimento del comentario despectivo vacío- y del respeto en la exposición de los argumentos que ayuden a empujar la ilusión de empujar las ilusiones de un mundo mejor hacia el precipicio de la realidad.

Desdémona dejó la pluma sobre el pupitre y releyó lo escrito; corrigió un par de faltas de ortografía, retocó algunas frases y guardó el cuaderno. Mañana lo pasaría a ordenador, ahora estaba demasiado cansada, más por la larga reflexión y el desaliento que solía infundirle aquella línea de pensamiento que por la hora en sí.
Apoyó la barbilla en la mano y miró por la ventana. Entre las estrellas, a lo lejos, creyó distinguir la forma nebulosa del planeta madre; parecía desamparado y solo, extrañamente vacío. Desdémona se preguntó si alguna vez, en un futuro lejano, alguien miraría por la ventana hacia Nueva Tierra y sentiría lo mismo que ella sentía ahora. ¿Estaba la humanidad condenada a repetir sus fallos? ¿O existía alguna posibilidad de cambiar la historia?
En aquel mismo momento, mientras Desdémona reflexionaba sobre la ecología y la responsabilidad de la raza humana, a miles de kilómetros de distancia Anthoy Sinskey firmaba un contrato de patentes histórico con la fábrica de plásticos más importante de América.
Mientras tanto, el planeta madre seguía muriendo a solas, en silencio, abandonado en el vacío absoluto del espacio exterior.

Y alguien que se emocionó con los resultados del artículo de Sinskey quiso compartirlo con aquellos que le rodeaban, comentando los avances científicos con un tono de éxito fruto de la valoración del esfuerzo de tantos. Al concluir sus alusiones hacia tales derroteros poco entusiasmo parecía observar entre los demás, que sin mostrar rostro apático sí denotaban escepticismo. Alguien se frotó con el puño la cabeza, levantó la mirada y dijo “el planeta está loco, el tiempo está loco, que si mucho frío un día, que si calor sofocante al siguiente…� Nadie más añadió palabra alguna y se fueron a almorzar…
Pero el planeta madre que se negaba a seguir muriendo, no pudo evitar sentirse aludido… “¿Loco yo? ¿Un humano me atribuye un adjetivo personal? ¡Además es un adjetivo despectivo! Ni tan siquiera se ha planteado definirlo como una posible patología… que padezco un trastorno bipolar o algo así, nada, loco. Esto lo tengo que compartir con los demás…� Y así, en la sobremesa del jueves tarde, el Planeta compartió la conversación que había escuchado con el Sol, las estrellas, el mar, las nubes, el oxígeno, el C02, el viento, la atmósfera,… Cuando terminó de contárselo, comenzó la tertulia: la atmósfera fue la primera en reconocer que ella también había oído tales comentarios por parte de los humanos en alguna ocasión y que estaba decepcionada pues en muchas ocasiones era ella la que resultaba siendo una de las peores paradas en la contribución a la locura atribuida. Las estrellas no dijeron nada, sólo destelleaban con un ritmo más intermitente que de costumbre. Una nube reflexiva se asomó al balcón y no pudo evitar soltar un par de gotas -de lágrimas- al contemplar, allí abajo, a los seres humanos… Unos afanados por enriquecerse sin mirar el daño que causan al medio ambiente, otros -sin ese afán lucrativo- no respetando los recursos disponibles, y otros pocos intentando hacer algo por compensar tales desagravios… El Sol, que vió a la nube tan triste, se acercó a ella, acariciándola con un rallito que invitó al arco iris a sumarse al encuentro y le dijo: “Nube, nosotros no padecemos trastorno bipolar, no estamos locos, somos fruto de lo que ellos siembran… somos naturaleza y oscilamos, claro que sí, pero bien sabes que esa acidez que padeces no es por el condimento de la comida que prepara Planeta, sino por el azufre que se libera y que la atmósfera no puede filtrar. No estés triste, mientras haya voluntad de cambio hay esperanza. Quizá podríamos escribirles nosotros un Libro verde que hacerles llegar, quizá estaría bien si algún día, en vez de etiquetarnos y culpabilizarnos, se detuviesen a preguntar ¿Planeta, cómo te sientes? ¿Qué necesitas para sentirte mejor? ¿En qué media puedo contribuir a ello?… Y ahora, volvamos dentro con todos, que está empezando a refrescar�

¡Amor! ¡Amor incondicional, sincero!¡Amor lleno de ternura y sentimiento!¡Amor!¡Amor gigante, eterno, que haga crecer mis plantas y clarifique mis aguas!
Un amor universal, fruto de cada corazón latiente¡Amor es lo que pido, lo que deseo, lo que necesito para seguir viviendo!¡Amor de cada uno de los seres que me pueblan!
¡Pues soy la Tierra!¡Soy vuestro hogar, vuestro alimento, vuestro refugio y paraíso!¡Amor!¡Amor y respeto!¡Y más que nunca, amor!

Durante el almuerzo no hubo más alusiones al artículo. Si bien es cierto que, el científico que había compartido lo leído con emoción -en su silencio- todavía seguía pensando en el proceso de trasformación del cereal en material biodegradable.
Los cuatro amigos dedicaron el tiempo a planificar la salida del fin de semana con los niños -cinco en total-. Saldrían el viernes en dos coches y pasarían la noche en una casa rural en el campo para, al día siguiente, hacer una ruta que uno de ellos conocía desde hacía años.
El artículo de Sinskey impreso y cogido por un clip había quedado en el asiento de detrás del coche. Los niños, sin percatarse, se sentarían encima de él durante el viaje y no pararían de tararear, cantar, reír,…
El día había amanecido algo gélido pero las risas, los cánticos, las bromas habían madrugado abrigando la marcha.
Inicialmente, el paisaje era bastante árido y seco, pero el líder del grupo se había esforzado en mantener el ánimo de sus amigos excursionistas… -“¿Por qué creéis si no, que os dije que echaseis todos en la mochila las botas de agua?�. Miradas de sonrisa incrédula sólo disimulable por el gran lazo de amistad. Los niños -cuatro niños y una niña- no mostraban signos de cansancio alguno y confiaban plenamente en el momento de sacar de la mochila las botas de agua.
El paisaje se fue trasformando a sus ojos conforme avanzaba el trayecto, más frondoso, más aventurero… Ese, ese era el punto en el que había que calzarse las botas de agua. Pies descalzos en esa mañana de febrero, que aprovechaban para buscar otros con los que hacer una juguetona y cortita lucha; los niños –riendo- imitaban a sus mayores. “¡Botas calzadas!, os lo dije, aquí empieza el río y la ruta a seguir es su propio curso�. Chapoteo, chapoteo,… “No salpiquéis,…� Más chapoteo.
Momento de hacer un alto en el camino para reponer energías. Fue entonces cuando los niños aprovecharon para hacer sus pequeñas exploraciones. Cuando el almuerzo estuvo preparado, los padres fueron al encuentro de los pequeños, no se oían sus voces… -“Dónde estáis?�, -“Aquí, papá, aquí�, -“¿Aquí, dónde…?� Estaban totalmente boca abajo, con una de las orejitas pegadas a la tierra. Los cuatro amigos se quedaron paralizados por ver a los niños de esa manera, con un dedito en los labios y una ligera pero sonora expiración invitando a acompañarles en su silencio.
-“Está hablando, está hablando, la tierra, el planeta está hablando� repetía la niña en un susurro acelerado de asombro y dulzura. Uno de los amigos se frotó la cabeza con el puño cerrado y pidió que cesase la broma, que el suelo estaba muy frío y que se iban a constipar. Pero los otros tres, con una inercia casi ensayada, imitaron a los niños. El cuarto se sumó a ellos con ese estupor que produce quedarse el último en algo.
Todas las fotografías tomadas ese día se guardarían en una carpeta de archivo llamada AMOR.

Pero fue sólo el principio.

La noticia de que el planeta hablaba corrió como la pólvora por los medios de comunicación; era francamente vendible. Los niños parecían escucharlo con toda claridad; en cambio los adultos tenían más dificultad, aunque algunos lo conseguían. Ahora bien, entender lo que decía el planeta era otra cuestión. Las palabras no parecían estar en ningún idioma conocido, si bien todos los que las lograban escuchar hablaban de amor y respeto. Era hermoso, un mensaje de cambio.

Y luego llegó el hombre.

Los periodistas invadieron los bosques en una carrera sin piedad para ser los primeros en captar las palabras y retransmitirlas. Los científicos trasladaron sus laboratorios a los campos con la esperanza de analizar el fenómeno. Los curiosos llenaron las montañas. Varias empresas se instalaron en los parajes naturales de todo el mundo vendiendo merchandising no oficial; empezó una lucha feroz por adquirir los derechos de comercialización del asunto.

El desconcierto de los ecologistas en general, de las personas con conciencia como Sinskley, como Desdémona, fue unánime. Se crearon varios movimientos paralelos al fenómeno para tratar de contrarrestar los efectos negativos que estaba teniendo aquel hecho incialmente maravilloso; en concreto, la asociación mundial “Voz de Nueva Tierra� nació con el firme propósito de detener aquella catarsis inversa, reuniendo bajo una misma causa a científicos, escritores, artistas, ecologistas activos y una buena cantidad de estudiantes que contactaban a través de internet y se organizaban en asociaciones nacionales y provinciales dentro de las cuales se trabajaba con ahínco para detener toda aquella locura y proteger al planeta.

Así fue, precisamente, como Desdémona y Anthoy Sinskey acabaron conociéndose.

Varios años más tarde aquellos cinco niños volverían a reunirse. Salvo a los dos hermanos, la niña y los otros dos niños, no habían vuelto a coincidir en persona.
Durante años habían sido considerados “niños prodigio� por haber sido los primeros en escuchar a la Tierra y por haber generado un movimiento planetario.

El punto de encuentro sería junto aquél río en el que se produjo el inesperado acontecimiento.
Cuando iban de camino estaban nerviosos -nerviosismo de emoción del que se entremezcla en el estómago generando un nudo comprimido que desea ser desenlazado cuanto antes-.

Habían mantenido contacto a través de redes sociales, correo electrónico y alguna llamada telefónica pero el abrazo de sus miradas en aquel justo instante hubiese sido indescriptible e inimitable en cualquier otra plataforma que no fuese la presencial.
Todos y cada uno de ellos habían pasado años y años colaborando en pro del medio ambiente. Habían sido referentes para otros niños, jóvenes y adultos. Trasmitían un entusiasmo y una energía tan pura que parecía hacer competencia a las reivindicadas energías renovables…

La energía fluía en ese reencuentro, el planeta les acariciaba con la desinteresada colaboración del aire, el aroma a medio ambiente jugueteaba en sus pulmones…
La joven entonces hizo un gesto, parecía que sacaba algo del bolsillo, sí, algo sacaba ¿qué era? Un papel, varios -algo deteriorados y amarillentos- pero perfectamente doblados en varios pliegues. Los ojos de los muchachos parecían querer desplegarlo a una velocidad mayor de la que ella -para darle emoción- se apresuraba a dar.

Rompió una voz: -“¿qué es, tengo hasta taquicardia?�. Ella respondió con una sonrisa generosa a la par que resolvía la incógnita. Era, era… ¡el artículo de Anthoy Sinskey!
No podía ser, no era posible que aquella tarde de vuelta a casa, tras haber experimentado el sentir del planeta, aquella niña guardase aquellos papeles, ¿si apenas sabía leer? Pero sí escuchar, y su papá –tan escéptico inicialmente- había guardado silencio de emoción durante el viaje de regreso de aquella actividad. Lo único que pronunció varias veces – en un tono silenciado y reflexivo mientras se frotaba la cabeza con el puño fue: -“y yo que dudaba hasta del artículo de Sinskey…, toda esta historia ha empezado por el artículo de Sinskey…�

Y allí, los cinco, rieron –risa de amor, recuerdo, alegría, entusiasmo-, y rieron y rieron… y rieron tanto que tardaron tiempo en darse cuenta de que reían… Y a su risa, a su entrega, a su esfuerzo, a su empatía y respeto, se sumó el planeta –y ellos le acogieron felizmente como uno más-. El planeta, suspiró y con una caída de párpados expresó que todavía había mucho por hacer –los jóvenes asintieron con el compromiso de la responsabilidad-. Fue entonces cuando la Tierra expresó su mirada más serena aplaudiendo los gestos, actitudes, voluntades y entrega. Merecía la pena mantener la esperanza, una esperanza representada por el color verde por los humanos, un anhelo del medio ambiente salpicado por todos los colores de la naturaleza.